dos sexos

dos sexos
y sus rarezas y su preciosa forma de amar

Por detrás del mostrador

"Ella espera, no sabe hacer otra cosa"

La mañana se asemeja a un cuadro pintado por algún pintor postimpresionista. Las gotas de lluvia caen bruscas y toscas como las pinceladas de Vincent Van Gogh. Las calles están húmedas y grises, y los autos que pasan. Escucho el chasquido que hacen las ruedas al chocar con el agua del pavimento. Los miro por detrás del mostrador, y no los miro. Mis ojos que parecen perderse en la nada, mientras hago garabatos de lo que quieren ver.

Pasa el verdulero y su grotesca panza de gordo que se menea de un lado para el otro. Pasa el colectivo y mis ojos se fijan en aquella chiquilla rubia que lleva puesto un pantalón de jean blanco resaltando sus salientes nalgas y su esbelta figura de mujer con inclinadas experiencias en el arte de amar. Y aquella señora con un pucho en la mano que de pronto aparece como un flash, dándole fin al collage de imágenes sueltas de sentimientos ajenos que mis ojos encuentran mientras hago garabatos de lo que quiero ver.
Y sus canas que se entremezclan con el viento, y sus tacones de charol descascarado.  Aquella señora que ya no ama. Aquella señora que solo sienta nada. Aquella señora en que todas las mañanas y tardes viene a comprar un paquete de Colorado veinte. Aquella señora gris y verde. Verde porque en sus ojos todavía brilla infinito esperanzas que se ensuciaron con desilusiones y otros mal sabores que aparecen, sin querer. Aquella vida muerta que todavía siente ganas de vivir. Y quiere ocultarlas con la vieja chaqueta gris que siempre lleva puesta cuando el día está gris. Aquella mujer que esconde sus ganas de sentir aireando descuido y desgana. Pero yo, por detrás del mostrador, presiento sus infinitas ganas de amar.

Se sienta en el banco de la plaza, frente a la estación de trenes. Lleva la vieja radio en el bolsillo de su chaqueta gris. Un gato negro que la acompaña se restriega entre sus piernas, y ronronea mientras maúlla. Escucho al pasar por su lado algún tango que emana la misma dulce tristeza de aquella vida muerta con cara de ausente.
Pero yo, por detrás del mostrador, presiento que todavía siente infinitas ganas de vivir

Alma de loca, Malena canta un tango, Volver, volver... Y el paisaje toma el color de las películas mudas mientras sus ojos se pierden en la antigua estación de trenes, haciendo garabatos de lo que quieren ver...