dos sexos

dos sexos
y sus rarezas y su preciosa forma de amar

- dos sexos -




Quimera

Fui a la cocina. Una clara luz que molestaba a mis ojos entraba por la puerta vidriada que da hacia el pequeño patio. Allí me encontraba. Y de repente apareció, silencioso, sentí sus manos grandes y suaves que acariciaban mi piel. Ellas recorrían todo mi cuerpo. Me estremecía. Me gustaba sentir sus manos acariciarme, tenerlo detrás mío, que rozara su cuerpo con el mío. Él me gustaba. Todos mis miembros se agitaban al sentirlo. Hacía bastante que no me acariciaban. Será por eso que tanto me gustaba. Inesperadamente, dejé de sentirlo. No sé quien era él. Una suave y confusa sensación dejó en mí. Sentí sus tibias caricias, que tanto me gustaron. Será porque desde hacía tiempo que no me acariciaban.
Él me gustaba.


Maribel
Caminaba apresurada y descalza por un callejón sin salida. La observé desde mi ventana. Le miré sus pechos. Su camisa blanca los dejaba notar. Se movían mientras ella caminaba, sin rumbo aparente.
La llamé y le dije:
- ¡Cómo te llamas?
- Maribel, ¿qué quieres?
- ¿Puedo tocar tus pechos? Desde hace unos minutos que los miro, y su movimiento mientras caminas me excita.
- Si. Cógeme también.



Mi primer amor: Felipe

Ese chico con la cara llena de granos,
Gafas negras de marco grueso,
Frenillos en su dentadura torcida
Ese chico me enamoró.
El tenía 12 años
Y yo 9.
Yo era la niña mas linda de la escuela
Él era mi vecino de al lado.
Todas las siestas iba a casa a buscarme para ir a jugar
Yo salía contenta.
Primero me ponía coqueta
Algún vestido de esos con flores me gustaba lucir.
Él me decía que le excitaba como me sentaban los vestidos.
Y a mí me gustaba excitarlo.
Yo no sabia que significaba esa palabra
Pero el me explicó como se sentía estar excitado
Me decía que su pajarito se ponía contento al ver mi vestido que mostraba mis pechuguitas salir del escote (ya desde niña tenía pechos prominentes).
Y a mi me gustaba alegrar a su pajarito.
Por eso me gustaba excitarlo.
Solíamos andar en bicicleta por el parque
Y luego cuando anochecía volvíamos a casa.
Él, muy caballero y galán, me acompañaba a la mía
Y antes de entrar me pedía que acaricie a su pajarito (Felipe se llamaba)
Felipe era muy tímido, por eso se escondía debajo de su pantalón.
Entonces, antes de entrar a casa, acariciaba a Felipe.
Pero un día mi mamá nos vio, y se enfureció.
Llamó a la mamá de mi chico y le dijo que su hijo era un degenerado, un depravado sexual.
Yo no entendía nada.
Después de ese episodio nunca más volví a andar en bicicleta con mi vecinito, mi primer amor, mi único amor, nunca más acaricié a Felipe.
Cuando crecí, y mis pechos crecieron y mis vellos también crecieron, me di cuenta que mi vecino fue un tremendo mentiroso.
Lo que hay debajo del pantalón de un niño no es un pajarito.
Lo pude comprobar con mis propias manos, con mis propios ojos, con mi propio cuerpo y con mi propia boca.
Me engañó, jugó con mi inocencia de niña buena.
Abusó de mí, fue un degenerado, un depravado sexual. Mi mamá estaba en lo cierto
Pero no me arrepiento de haber acariciado a su “pajarito Felipe”, como a él le gustaba llamarlo. No me arrepiento.
Yo también me excitaba (con razón mi bombachita siempre terminaba mojada después de acariciarlo).




No podría acostarse con una feminista

- Oh, sí se le paraba, la tenía parada todo el tiempo. Pero no sabía cómo hacer feliz a una mujer… tú sabes. No sabía qué hacer.


El Joven se masturbaba porque ella no quería su sexo. Su pene  ardiente como un volcán quería meterse en ella. Pero ella lo ignoraba. Y él se masturbaba.
Envuelto en su tibia leche, limitado en revolcarse junto al placer de algún momento verdaderamente lujurioso, el joven ya no disimulaba sus ganas de huir (hacia otra vagina). Pasaron setenta y dos días y penetrar en aquella mujer le resultaba imposible. En cada minuto que pasaba pesaba más su leche que su amor hacia ella.
Conducto de placer.  Paraíso celestial.  Lujuria que chorrea un líquido cargado de encantos y deseos. Vagina. Ese lugar.
No era vida. Sin poder clavar su pene en aquella mujer, en alguna mujer, en cualquier mujer. No era vida. Y entonces fue cuando la dejó partir.
Sin sexo, no hay amor.

Sobre la mesita de luz de su cuarto extiende dos líneas de polvo blanco. Con dos cortas y profundas aspiraciones hace desaparecer las rayas de polvo blanco. Cierra sus ojos. Por fin algo penetra en ella, en su interior, en su corazón que quiso cubrirlo de plástico. Siente la adrenalina recorrer su cuerpo visiblemente excitado. Se masturba, pensando en él.
Final de su alucinación.




 

Cuerpos perdidos.

Yo si la quería de verdad.

Ella solo queria mi sexo.



En esas siestas de verano espero tu visita. En esas siestas en las cuales el sol derrite los cuerpos ardientes que caminan perdidos por las calles de esta ciudad sin saber a donde ir
Te abro la puerta y te recibo con un abrazo fuerte, fuerte. Y vamos de la mano, corriendo a mi cama.
Empieza a subir lentamente la temperatura de nuestros cuerpos, que se desean, se buscan, se tocan, se alejan, tímidamente
Te provoco, te gusta, te excita
Un leve cosquilleo empieza a recorrer por tus venas, siento en tu piel ese leve estado de exaltación que me envuelve junto a la infinidad de tus caricias que recorren cada parte de mi cuerpo alucinado de tanto placer.
Seguimos jugando a ese juego que nos aleja de este mundo; el tiempo se disuelve en la plenitud de mi cuarto, solo nuestros cuerpos coexisten en ese mundo efímero de nuestra imaginación absoluta.

Se escucha desde lejos algunas risas que envuelven picardía y llegan a perderse en aquella siesta empapada por el intenso sol del mes de diciembre.

Continúan en su juego; el tiempo se funde entre sus deseos que alcanzan mayor ímpetu que otras veces, mientras sus cuerpos palpitantes cargados de excitación se rozan, se besan, se quitan la ropa, compenetrados en sus ansias de amor, olvidado en aquella oscuridad lejana.

Mojadas de sudor perdidas entre las sabanas que enredan sus almas para nunca separarlas. Se lamen, se chupan, se besan, se tocan, movimientos suaves, caricias eternas

Solo se escucha a los lejos algunos gemidos en aquella siesta del verano, empapada por el ardiente sol del mes de diciembre.

Sus ojos anonadados por aquel torbellino de encantos y placeres. Nada importa, ni el sol, ni la luna, ni el amor, ni el odio, ni la traición, ni el engaño. Tan solo yacen extasiadas, sumergidas en sus deseos hechos realidad. 



(I)

Besos que enceguecen nuestros ojos
para sentir el silencio de nuestros labios
al rozarse tiernamente

Besos que entretejen delicados hilos de nuestros recuerdos
que se fusionan con el presente, 
en ese instante.