dos sexos

dos sexos
y sus rarezas y su preciosa forma de amar

Pero andábamos para encontrarnos

No te quiero porque me di cuenta que no entiendes como soy
Porque a ti te puedo contar lo que a cualquiera le puedo contar
Porque en algún momento me hiciste sentir que mi vida a tu lado
Dejaría de ser vacía.
(Porque no te quiero en 65 palabras)


Parte 1 –Encuentro-

Se encontraron una noche, por las calles de Nueva York, ella caminaba despacio, su bufanda a lunares azules solo dejaba ver sus ojos que miraban hacia el suelo. Él con un walkman colgado en el cuello y un cigarrillo de por medio. Su barba desprolija abrigaba su cara. El humo tapaba su cara; el humo del cigarro y la niebla de esa noche. Hacia frío y las calles estaban desoladas, solo ellos dos, quien sabe porque. Salieron a caminar quizás, por un mismo motivo.
Ella levantó su mirada al escuchar lalala, nanana, uno de sus temas favoritos, A Walk On The Wild Side.

Continuaron su rumbo,  ella hacia el sur, él hacia el norte, polos opuestos, frío y música de por medio.
A ella se le pegó esa canción no pegadiza, lalala, nanana, el humo que salía de su boca cubría sus pecas, y la niebla de la noche. Claro,  bajó su bufandota de lana que casi ocultaba sus ojos al sentir a los lejos esa canción. No era desde lejos, sino suave, como un cálido susurro. Un sonido cálido y suave.
El escuchó que la chica que pasó por su lado siguió tarareando A Walk On The Wild Side, se dio vuelta y la llamó. Le preguntó donde se encontraba la estación de trenes que va hacia Nueva Jersey. Ella le indicó que iba por dirección equivocada, quedaba hacia el sur la estación de trenes que lo llevaría hacia ese lugar.
Conversación típica de un momento un tanto incómodo por tener que ir caminando juntos, casi como por obligación ya que iban hacia la misma dirección. Sus nombres seguramente, el tiempo o el clima, la desolación de la noche, entre medio de luces de neón de los carteles que iluminaban la ciudad. Una llovizna intermitente comenzó a caer, y a mojarlos.

En pocos minutos la situación tácitamente incomoda pasó. Sintieron encontrarse en situaciones similares o muy diferentes al mismo tiempo, pero que los acercaba de una manera especial, espacial, a sentir ganas de continuar caminando por mucho tiempo más juntos a pesar del frío y la llovizna que les hacia el camino aun más crudo. La música de por medio los seguía  llevando hacia el mismo lugar. Escuchaban del walkman de él canciones que a los dos les gustaba. Se cubrieron de la lluvia un tanto molesta con la bufandota a lunares de ella.


Parte 2 –No la dejes ir-

Y ellos se besan. Se recorren con las manos en un juego que resulta ser parte del juego del ciclo. Se aman sin saber sus nombres.
La lluvia ha cesado. Él ya no la ve. A quien ha besado. Piensa si tal vez ella solo fue producto de su imaginación. Se encuentra en la estación de Nueva Jersey, y está amaneciendo. El sol ilumina tenue las vías del tren y los edificios de la ciudad.
Un mendigo pasa por su lado. Se despertó bruscamente con el grito llorón de algún loco suelto
De pronto se ve recostado en un asiento de la estación. Fugazmente, como una diminuta imagen movida de alguna foto sacada a la ligera, ve a lo lejos a la chica de bufanda a lunares subirse al convoy que está próximo a salir. Corre hacia ella. No puede llamarla por su nombre, porque nunca lo supo. Siente la sensación de estar introducido en una pesadilla, siente la desesperación introducirse por sus venas. Como el grito de tu voz cuando se esconde en el interior de tu cuerpo. Como tus pasos cuando se hacen cada vez más lentos. Y las piernas te pesan. Y tus pies se pegotean en el suelo.
Ella no lo ve, porque no mira hacia atrás. Ya no mira hacia atrás. El se quedó dormido en el asiento de la estación. Ella trató de despertarlo para avisarle que era hora de partir, pero él siguió durmiendo. Quizás pensó que lo esperaría. Quizás pensó que no era capaz de partir sin él. Se equivocó.
Hay veces que caemos en el tosco pensamiento que nos lleva a creer que tenemos el poder de manejar las agujas de reloj de los demás según nuestras necesidades o nuestros tiempos. Y perdemos.

Se escucha el sonido bullicioso de la bocina del tren que anuncia su partida. Y él, sigue corriendo. Teme no llegar a alcanzarlo y a perder… al amor de su vida. No la dejes ir.